Entre el Sáhara y el Mundial: las elecciones de 2026 reconfiguran el discurso político en Marruecos

Amal Jabbour

Por un lado, destacan cuestiones estratégicas como el Sáhara marroquí y el Mundial de 2030; por otro, persisten los retos de la vida cotidiana relacionados con el desempleo, la inflación, la educación y la sanidad.

Esto confiere a las próximas elecciones, previstas para el 23 de septiembre, una dimensión que trasciende la competencia electoral tradicional, de modo que quedan directamente vinculadas a la naturaleza de la próxima etapa y a los grandes temas y retos que esta conlleva.

Por ello, estas elecciones parecen más bien una prueba de la capacidad de los partidos políticos —que ya han comenzado a definir las líneas generales de sus programas electorales y a presentar sus visiones para la próxima etapa— que una mera competencia por los escaños y la formación del Gobierno.

En consecuencia, se prevé que los partidos marroquíes afronten las elecciones de 2026 con dos discursos paralelos: un discurso nacional basado en las grandes cuestiones estratégicas, entre las que destacan el tema del Sáhara marroquí y el Mundial de 2030, y un discurso social centrado en la mejora de las condiciones de vida y en dar respuesta a las aspiraciones de los marroquíes.

Por lo tanto, la próxima contienda electoral no será una mera competencia tradicional por la mayoría parlamentaria, sino también una pugna por ver quién posee una visión capaz de gestionar una etapa que muchos consideran el inicio del «Marruecos en ascenso».

En este sentido, el verdadero reto al que se enfrentarán los partidos durante los próximos tres meses no consistirá en lanzar consignas patrióticas o evocar cuestiones estratégicas, como ha sido habitual en elecciones anteriores, sino en su capacidad para convencer al elector marroquí de que estos grandes proyectos se traducirán en oportunidades de desarrollo que repercutirán directamente en su vida cotidiana.

Esto es lo que refleja el debate público actual en Marruecos sobre la capacidad de estos partidos para convertir los grandes temas en políticas de desarrollo realistas que el ciudadano pueda percibir, y no solo plantearlos como eslóganes políticos, además del creciente debate sobre la forma que adoptará el próximo Gobierno y los temas estratégicos que deberá abordar.

Esto es precisamente lo que explica que en Marruecos se hable repetidamente del «gobierno del Mundial» o del «gobierno de la aplicación de la autonomía», lo que significa, sin lugar a dudas, que el próximo gobierno no se considera un gobierno cualquiera, sino un gobierno de una etapa política cargada de compromisos, asuntos y grandes retos.

Parece que la naturaleza de estos temas también se reflejará en la forma que adopte la próxima contienda electoral, no solo en la formación de una mayoría parlamentaria, sino también en la capacidad de convencer al elector y, en mayor medida, a la propia Estado, de que se cuenta con la competencia y la visión necesarias para gestionar una etapa decisiva de la historia de Marruecos.

Esto es lo que reflejan la dinámica de los partidos y los debates políticos en curso en Marruecos, que han vuelto a situar los grandes temas en el centro del discurso electoral, con la cuestión del Sáhara marroquí a la cabeza.

Esta cuestión, que durante muchos años ha sido un tema soberano que unía a todos, se plantea hoy también desde una perspectiva más vinculada al desarrollo, la inversión, la seguridad y la estabilidad, lo que la convierte en parte del debate sobre la configuración de Marruecos en la próxima etapa, y no en un mero tema soberano aislado.

En mi opinión, lo nuevo hoy no es la existencia de este tema, sino la forma en que se vuelve a plantear en el debate político, especialmente tras la resolución de la ONU n.º 2797, que conduce a la aplicación de la autonomía, ya que ahora se aborda con mayor fuerza y con una lógica más vinculada, por un lado, a los cambios políticos internacionales y regionales y, por otro, al desarrollo de las regiones del sur, que hoy se presentan como un espacio de integración económica y de inversión que permite a Marruecos reforzar su vínculo con su interior africano.

Y esto mismo se cruza prácticamente con el tema del Mundial de 2030, ya que no se considera únicamente un evento deportivo, sino un proyecto económico integral que abarca infraestructuras y servicios, incluyendo carreteras, ciudades, inversiones y oportunidades de empleo, y esto es lo que impulsa actualmente a los partidos a aprovecharlo y a presentar sus propuestas sobre cómo invertirlo, tanto a nivel interno como externo.

Por ello, parece que las próximas elecciones podrían reflejar una transición gradual del discurso ideológico tradicional hacia un nuevo discurso centrado en la gestión de grandes proyectos.

En lugar de las dicotomías entre derecha e izquierda, o entre islamistas y modernistas, las elecciones plantearán cuestiones más realistas: ¿Quién tiene la capacidad de gestionar las inversiones del Mundial? ¿Quién ofrece una visión para convertir el Sáhara en un espacio económico? ¿Y cómo se reflejan estos proyectos en la vida cotidiana de los ciudadanos, en las oportunidades de empleo y en otros aspectos?

Sin embargo, en medio de todo esto, hay un aspecto que no se puede pasar por alto: una parte de la juventud marroquí no ve estos proyectos con el mismo entusiasmo político, ya que sus prioridades están más vinculadas a la vida cotidiana, como el empleo, la educación, la salud y el poder adquisitivo, entre otras.

Por eso, no basta con hablar del Sáhara o del Mundial como grandes titulares propagandísticos de los programas de los partidos; en mi opinión, se han convertido en el verdadero reto al que se enfrentan para traducirlos en resultados tangibles en la vida de la gente y ofrecer respuestas claras sobre cómo repercutirán estos proyectos en las oportunidades de empleo, el poder adquisitivo y la calidad de los servicios básicos.

En mi opinión, las elecciones de 2026 no son solo una etapa para formar un nuevo Gobierno, sino un momento de transición en la propia naturaleza de la política marroquí.

En ellas se entrecruzan la política y la geografía con la economía, el desarrollo, la estabilidad y la seguridad, y se redefine el papel de los partidos dentro de un Estado que avanza hacia un nuevo posicionamiento regional e internacional, en consonancia con el discurso del rey Mohamed VI sobre el «Marruecos en ascenso» como marco general para el debate sobre la próxima etapa.

La pregunta que queda en el aire no es solo quién liderará el próximo Gobierno, sino cómo se transformará esta intersección entre los grandes proyectos y las necesidades cotidianas en políticas que se puedan medir sobre el terreno.

Por ello, parece que la verdadera pregunta de las próximas elecciones no será quién ganará, sino quién es capaz de liderar Marruecos en este momento de gran transformación.

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