Marruecos como horizonte espiritual en el cine mundial: la mirada de Oliver Laxe 

El cine no es siempre una simple técnica narrativa ni un oficio de la imagen; con frecuencia se transforma en una forma de conciencia existencial que busca el sentido del ser humano en su relación con lo absoluto. Esto explica las palabras del director español Oliver Laxe sobre Marruecos, no como mero esce.nario de rodaje para su película Sirat, sino como un espacio espiritual que contribuyó a reformular su visión de la vida y de la muerte. Cuando afirma que su experiencia marroquí, prolongada durante años, no fue una simple estancia geográfica sino una transformación interior, en realidad está tocando el núcleo de la relación entre cultura y conciencia, donde el lugar deja de ser un fondo visual para convertirse en un interlocutor activo en la construcción de la mirada artística y existencial. 

Marruecos no aparece aquí como un decorado oriental, tal como parte del cine occidental solía reducir el espacio árabe e islámico, sino como un campo simbólico donde la experiencia espiritual se entrecruza con la sensibilidad cinematográfica, especialmente a través de la presencia del islam y del sufismo como fuentes de una idea fundamental: aceptar el destino humano sin pánico ni negación. 

Esta idea —“aprender a morir con dignidad”— revela claramente la dimensión filosófica que Laxe intenta incorporar a su experiencia creativa, una dimensión que trasciende el cine como industria para acercarlo a un ejercicio existencial de comprensión del final, entendido no como negación de la vida, sino como parte de su plenitud. 

En profundidad, esta concepción plantea una cuestión crítica sobre la relación del Occidente contemporáneo con la muerte, donde predomina una cultura de negación del final y de su aplazamiento mediante el consumo, la tecnología y el éxito material. Frente a ello, el sufismo islámico ofrece una visión distinta basada en la reconciliación con la finitud como tránsito y no como colapso. La evocación por parte de Laxe de la expresión «Inna lillah wa inna ilayhi raji‘un» no es una simple cita lingüística, sino una señal de adhesión a una visión civilizatoria que concibe al ser humano como una existencia pasajera y no como el centro absoluto del universo. Este desplazamiento en el ángulo de mirada repercute también en el propio cine: de un cine dominado por el heroísmo individual y la victoria permanente a un cine de contemplación de la fragilidad humana y aceptación de los límites. 

Así, Marruecos, con su cultura popular y espiritual, se convierte en un espacio pedagógico más que geográfico, un laboratorio de experiencia existencial que desplaza al artista de la centralidad del yo occidental hacia un horizonte humano más amplio. 

Por ello, la afirmación de Laxe de que la película podría haberse rodado en otros desiertos queda en el terreno de la hipótesis técnica, porque la dimensión simbólica que Marruecos confirió a la obra trasciende la geografía física para inscribirse en lo que podría denominarse la memoria espiritual del lugar. 

Desde una perspectiva crítica más profunda, este interés cinematográfico occidental por Marruecos puede leerse en el marco de transformaciones culturales globales más amplias. Oriente ya no es simplemente un objeto exótico como en el viejo cine colonial, sino una fuente para repensar el propio significado de la modernidad. El sufismo islámico, con sus nociones de desapego, sobriedad y búsqueda de la serenidad interior, ofrece parcialmente una alternativa a la ansiedad existencial que afecta a sociedades occidentales materialmente avanzadas pero espiritualmente inquietas. Cuando Laxe vincula su experiencia artística con el aprendizaje de la muerte, expresa indirectamente una crisis civilizatoria más profunda: exceso de poder tecnológico frente a déficit de sentido espiritual. El cine se convierte aquí en mediador cultural de esta tensión, mientras el desierto marroquí simboliza un vacío positivo que permite la contemplación y la reorganización de las grandes preguntas sobre la vida y el destino. 

La elección concreta de Marruecos adquiere además una dimensión adicional si se considera su posición geocultural entre Europa, África y el mundo árabe. No es plenamente Oriente ni completamente Occidente, sino una zona de tránsito civilizatorio donde confluyen influencias diversas. Esta complejidad cultural permite al cineasta desmontar imágenes estereotipadas y construir un discurso visual que no reduzca al otro, sino que dialogue con él. En este sentido, Sirat como viaje espiritual en el desierto puede interpretarse también como un trayecto simbólico entre dos civilizaciones, donde las preguntas existenciales comunes se cruzan a pesar de las diferencias de referencia cultural. 

En otro nivel, emerge la dimensión personal en la experiencia de Laxe como factor decisivo. Una estancia prolongada en una sociedad concreta genera una acumulación sensorial y cultural imposible de sustituir por visitas breves o investigación teórica. Este contacto directo otorga autenticidad a la obra, porque surge de una experiencia vivida y no de una imaginación orientalista. De ahí que su afirmación de que todo su recorrido cinematográfico forma parte de un “aprendizaje de la muerte” refleje una conciencia artística que entiende la creación como proceso de maduración y no como simple sucesión de proyectos independientes, una visión coherente con la filosofía sufí que concibe la vida como un itinerario gradual hacia la comprensión. 

La experiencia de Oliver Laxe revela, en realidad, una verdad que va más allá de una sola película: Marruecos ya no es únicamente un espacio de rodaje de bajo coste para producciones internacionales, sino un laboratorio espiritual y cultural capaz de modelar la sensibilidad de cineastas que buscan un significado más allá del ruido de la modernidad material. Si esta tendencia continúa, la cultura marroquí podría adquirir una presencia simbólica creciente en el cine mundial, no como objeto folclórico, sino como fuente para replantear las grandes cuestiones humanas: vida, muerte, fe y libertad interior. Quizá ahí resida la verdadera apuesta: que la imagen cinematográfica deje de ser simple consumo visual del lugar para convertirse en un diálogo civilizatorio profundo, donde el arte funcione como puente de comprensión entre el yo y el otro, y no como mera ventana turística sobre diferencias superficiales.
 
Abdelhay Korret, periodista y escritor marroquí 

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