Ceuta y el Sáhara… ¿Por qué Bruselas ha optado por la distensión con Marruecos?

AMAL JABBOUR

En una respuesta por escrito a una pregunta en el Parlamento Europeo —formulada en un contexto en el que se estaba instrumentalizando el asunto para intereses partidistas de la extrema derecha—, Kallas afirmó que «este no es momento de escaladas, sino de entablar negociaciones», reiterando el apoyo de la Unión al proceso de la ONU y a la reciente resolución n.º 2797 del Consejo de Seguridad, y subrayando al mismo tiempo la importancia de la asociación estratégica con Marruecos.

La postura oficial no es nueva, ya que la Unión Europea ya había manifestado su apoyo a la iniciativa marroquí de autonomía, considerándola una base seria, realista y creíble para la resolución del conflicto, en consonancia con las resoluciones del Consejo de Seguridad. Además, en los últimos meses ha adoptado una postura más avanzada respecto a la iniciativa, tras el reconocimiento por parte de instituciones europeas, en enero de 2026, de que la autonomía podría constituir una de las soluciones viables para poner fin al conflicto del Sáhara.

En mi opinión, a pesar de la importancia de la declaración de Kallas sobre este asunto, lo más relevante es su momento, ya que no solo se produce tras la reciente crisis de Ceuta —que ha vuelto a situar la cuestión de la inmigración, las fronteras y la seguridad europea en el centro del debate en España y en las capitales europeas—, sino también a pocas semanas de una nueva cita en la ONU que le espera al asunto del Sáhara en Nueva York el próximo mes de octubre.

En Ceuta, las repercusiones de la crisis no se limitaron a los temas de la inmigración y las fronteras, sino que rápidamente se incorporaron a los cálculos políticos internos de España y Europa, después de que partidos, corrientes políticas y organizaciones de derechos humanos —especialmente en los círculos de la derecha y la extrema derecha— se apresuraran a utilizarlas en sus conflictos y batallas políticas, tanto a nivel interno como externo, y a convertirlas en herramientas para ejercer presión sobre las posturas oficiales de los gobiernos.

Esto ha complicado aún más el panorama dentro de la Unión Europea y ha puesto de manifiesto las diferencias en los enfoques de sus Estados miembros respecto a la relación con Marruecos, en un momento en el que la Unión ya se enfrenta a crisis y presiones acumuladas en su relación con Estados Unidos —en particular con la Administración Trump—, además de las repercusiones de la guerra entre Rusia y Ucrania, y la guerra entre Estados Unidos e Irán, así como los retos que estos asuntos plantean en cuestiones estratégicas relacionadas con la seguridad europea, la energía, las cadenas y rutas de suministro y los intereses económicos y geopolíticos.

Y si la crisis de Ceuta ha aumentado la sensibilidad política en Europa respecto a la relación con Marruecos, la proximidad de la sesión de la ONU en octubre añade otra dimensión al momento en que se produce la postura europea. El asunto se enfrentará a tres hitos importantes: el informe del secretario general de la ONU, las consultas del Consejo de Seguridad sobre el mandato de la MINURSO, que finaliza el 31 de octubre, y la evaluación del curso de las negociaciones desde la adopción de la resolución 2797.

Por ello, la afirmación de Kallas de que «este no es momento para la escalada, sino para entablar negociaciones» llega en un momento delicado, sobre todo teniendo en cuenta que Madrid acogió en 2026 la primera ronda de negociaciones indirectas entre las partes en conflicto, Marruecos, Argelia, Mauritania y el Frente Polisario, lo que otorgó en su momento a la elección de la capital española un significado político notable, no solo por la posición histórica de España en este asunto y su relación con Marruecos, sino también por su condición de Estado clave dentro de la Unión Europea.

En este contexto, el mensaje de Kallas resulta más comprensible desde el punto de vista político, ya que Europa sabe que abrir un nuevo frente con Marruecos a causa de la crisis de Ceuta, especialmente en lo relativo a la cuestión del Sáhara, no le conviene, sobre todo teniendo en cuenta que Washington apoya claramente la iniciativa marroquí de autonomía, además del creciente respaldo internacional y regional que esta recibe. Por lo tanto, cualquier escalada europea con Rabat en este asunto concreto podría no limitarse a una disputa entre Europa y Marruecos, sino que podría colocar a Bruselas en una posición más complicada frente a Washington, socio histórico de Rabat y defensor de la iniciativa marroquí de autonomía.

Por ello, las declaraciones de Kallas sobre la no escalada no pueden separarse de estas consideraciones, ya que Bruselas no desea que la crisis de Ceuta se convierta en una disputa mayor con Rabat, ni que, al mismo tiempo, se enfrente a una complicación adicional con Washington. Por ello, mantener una relación positiva con Marruecos parece una opción política necesaria, además de los intereses de seguridad, económicos y de inversión que unen a ambas partes.

Puede que Ceuta y el Sáhara parezcan dos asuntos independientes, pero convergen en un punto fundamental: la geografía marroquí, que, al parecer, se ha convertido en parte de los cálculos estratégicos europeos.

En Ceuta, Europa necesita a Marruecos para gestionar una de sus fronteras más sensibles. Y en el Sáhara, Europa necesita una relación estable con Marruecos para proteger sus intereses económicos, de seguridad y estratégicos en el Mediterráneo occidental y África.

Por ello, creo que el último mensaje de Bruselas va más allá de la mera reafirmación de su postura sobre el asunto del Sáhara: afirma que el apoyo a la iniciativa de autonomía seguirá dentro del marco de la ONU, y que la crisis de Ceuta no debe convertirse en un nuevo motivo de tensión con Rabat. Y es que Marruecos, para Europa —y para España en particular—, es un socio fundamental en materia de inmigración, fronteras, seguridad y energía, lo que hace que mantener la estabilidad de la relación con este país sea un interés europeo evidente.

En mi opinión, la importancia de la declaración de Kallas radica más bien en su momento, ya que las repercusiones de Ceuta, coincidiendo con la proximidad de las reuniones de Nueva York, obligan a Europa a realizar un cálculo minucioso a la hora de ordenar sus prioridades. Por ello, parece que Bruselas quiere mantener el tema del Sáhara al margen de las tensiones desencadenadas por la crisis de Ceuta y preservar su vía negociadora y en el marco de la ONU, sobre todo a la luz de los rápidos cambios internacionales y regionales que se están produciendo en este ámbito.

En otras palabras, la declaración europea puede interpretarse como un mensaje claro: las controversias desatadas por Ceuta parecen suficientes para Europa en esta etapa, y no hay necesidad de abrir otro frente con Marruecos en torno al asunto del Sáhara, que en los últimos años ha gozado de un apoyo internacional y regional cada vez mayor.

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