Tijuana vive el Mundial desde la espera: entusiasmo sin derrama económica

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En la interminable fila de vehículos que aguarda para cruzar hacia Estados Unidos desde Tijuana, Baja California, Don Roberto —como prefiere ser llamado— encuentra su oportunidad. Entre motores encendidos y horas de espera, vende camisetas de la selección mexicana a conductores que, pese a la distancia física de las sedes mundialistas, viven con entusiasmo la inminente inauguración del torneo.

“Hay mucha emoción”, afirma, mientras ofrece sus productos a los automovilistas. Sin embargo, ese entusiasmo contrasta con una realidad menos favorable para la ciudad fronteriza: Tijuana quedó al margen de los beneficios directos del evento. Aquí no llegaron ni los partidos, ni las grandes obras de infraestructura, ni la esperada derrama económica que suele acompañar a una cita de esta magnitud.

Aun así, el Mundial se filtra en la cotidianidad de la frontera, donde comerciantes informales como Don Roberto capitalizan el fervor futbolístico en medio de una economía marcada por la espera, el tránsito y la oportunidad.

El caso de Tijuana refleja una paradoja frecuente en los grandes eventos internacionales: el alcance global del entusiasmo no siempre se traduce en beneficios económicos locales. Mientras las ciudades sede concentran inversión y visibilidad, otras regiones quedan relegadas a un papel periférico, dependiendo de iniciativas informales para participar en la dinámica económica del evento. En este contexto, figuras como Don Roberto evidencian tanto la resiliencia del comercio local como las limitaciones estructurales en la distribución de los beneficios del Mundial.

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