Ceuta y Melilla: cuando la geografía queda atrapada en la memoria

No es fácil escribir sobre Ceuta y Melilla siendo marroquí y viviendo en España.

No las observo desde la distancia ni las veo como dos simples puntos en un mapa político disputados por dos Estados. Las contemplo desde esa proximidad que hace que la cuestión sea todavía más compleja, porque conozco algo de ambas orillas y sé que entre Marruecos y España existe mucho más de lo que reflejan los comunicados oficiales, y algo mucho más profundo de lo que permite el lenguaje de las fronteras y la soberanía.

Por eso no quiero escribir sobre Ceuta y Melilla como se hace habitualmente: Marruecos afirma que son marroquíes, España responde que son españolas y comienza entonces el intercambio de posiciones, como si la historia fuera un tribunal con un único juez y como si la persona que vive entre ambas orillas tuviera que elegir necesariamente uno de los dos bandos.

Quiero plantear una pregunta diferente:

¿Por qué Ceuta y Melilla siguen siendo, después de tantos siglos, una herida que no termina de cicatrizar? ¿Y por qué cualquier crisis relacionada con ellas se transforma rápidamente de una cuestión fronteriza o migratoria en una cuestión de identidad, dignidad y soberanía?

Quizá porque no hablamos únicamente de territorio.

Hablamos de memoria.

Cuando España habla de Ceuta y Melilla, suele partir de una realidad histórica que no puede negarse: su presencia en ambas ciudades se remonta a varios siglos.

Ceuta pasó al dominio portugués en 1415, antes de quedar vinculada a la Corona española, mientras que Melilla fue incorporada a la esfera castellana en 1497.

Son hechos históricos.

Pero el problema comienza cuando la duración de un dominio se convierte en el final de la historia.

¿Basta con que un Estado controle un territorio durante siglos para que todo lo que existió antes pierda automáticamente su valor?

¿Puede el paso del tiempo resolver por sí solo todas las controversias heredadas de las conquistas, los imperios y las expansiones territoriales?

Si así fuera, el mundo tendría que considerar definitivas todas las fronteras creadas por la fuerza en el pasado.

Sin embargo, la historia contemporánea demuestra lo contrario.

El mundo ha conocido la desaparición de imperios, el final del colonialismo, la creación de nuevos Estados y la revisión de fronteras y de realidades políticas que en algún momento parecían inmutables.

Por eso, afirmar que la presencia española en Ceuta y Melilla es antigua es cierto. Pero convertir esa antigüedad en el argumento definitivo para cerrar cualquier debate histórico y político es otra cuestión.

La historia no pertenece exclusivamente a quien consigue imponer una única interpretación de ella.

Para comprender la sensibilidad marroquí hacia ambas ciudades tampoco basta con comenzar en el siglo XV.

Hay que retroceder un poco más, hasta al-Ándalus.

Durante siglos, Marruecos y al-Ándalus formaron parte de un espacio histórico y cultural profundamente interconectado. El mar era atravesado por ejércitos, comerciantes, intelectuales, familias, migrantes e ideas.

El Mediterráneo no era un muro.

Era un puente.

Por eso, la caída de Granada en 1492 no fue para Marruecos simplemente el final de una entidad política musulmana en la península Ibérica. Supuso también una transformación profunda del equilibrio de poder entre las dos orillas.

Después de la caída de Granada, las potencias ibéricas dirigieron una parte creciente de su atención hacia el norte de África, y el control de determinados enclaves costeros pasó a formar parte de cálculos estratégicos más amplios.

Aquí conviene ser rigurosos.

Circulan relatos que atribuyen a la reina Isabel la Católica una supuesta voluntad explícita de debilitar y fragmentar Marruecos para impedir que pudiera restablecer sus vínculos con al-Ándalus.

No creo que un escritor serio necesite apoyarse en una afirmación cuya autenticidad histórica no esté suficientemente acreditada para defender una tesis que el propio contexto histórico permite analizar.

Lo importante es el contexto

La expansión ibérica en el norte de África se produjo en una etapa en la que la caída de Granada había alterado el equilibrio de poder y en la que las potencias vencedoras buscaban consolidar su influencia en la otra orilla del Mediterráneo.

Ese contexto basta para formular una pregunta:

¿Fue la caída de al-Ándalus el final de la relación entre ambas orillas o el comienzo de una nueva etapa de competencia por el mar, las fronteras y la influencia?

Probablemente ocurrió lo segundo.

La naturaleza de la relación cambió, pero la geografía permaneció.

Marruecos siguió allí.

Al-Ándalus permaneció en la memoria.

Y las ciudades costeras continuaron siendo testigos de una etapa histórica cuyas huellas psicológicas no desaparecieron simplemente porque cambiaran los equilibrios de poder.

Sin embargo, no creo que sea razonable decir hoy a un español nacido en Ceuta o Melilla: «Vives en una ciudad que no te pertenece».

Ese discurso no construye la paz.

El ser humano contemporáneo no es responsable de las decisiones de un rey o de un imperio de hace siglos.

El niño que nace en Ceuta no elige la historia de la ciudad, del mismo modo que el marroquí que nace en Tánger no elige la historia de los imperios que pasaron por esa tierra.

No podemos obligar al ser humano a heredar los pecados de la historia como hereda su apellido.

Esta idea me parece fundamental.

Marruecos puede mantener su posición histórica y política respecto a ambas ciudades sin convertir esa reivindicación en hostilidad hacia los españoles.

Y un español puede considerar Ceuta y Melilla parte de su país sin convertir al marroquí en enemigo simplemente porque defienda una interpretación histórica diferente.

Ahí comienza la política racional.

El problema aparece cuando el discurso político adquiere un cierto carácter contradictorio.

Cuando España necesita a Marruecos para afrontar la inmigración irregular, Marruecos se convierte en un socio estratégico.

Cuando necesita cooperación en materia de seguridad, la coordinación entre ambos países se presenta como un modelo.

Cuando necesita estabilidad en su frontera sur, Rabat se convierte en un interlocutor imprescindible.

Pero cuando Ceuta y Melilla entran en escena, el lenguaje cambia.

La soberanía pasa a ser presentada como algo «incuestionable» y hasta el simple hecho de plantear la cuestión parece convertirse en una provocación.

Entiendo que Madrid defienda su posición.

Pero una diplomacia madura no consiste en que dos Estados estén de acuerdo en todo. Consiste en saber gestionar las diferencias sin convertirlas en hostilidad.

Y aquí aparece una paradoja difícil de ignorar: ¿cómo puede Marruecos ser un socio imprescindible en cuestiones estratégicas como la seguridad, la inmigración y el comercio y, al mismo tiempo, convertirse en una fuente de tensión política cuando aparecen Ceuta y Melilla?

El problema no está en que existan posiciones diferentes.

El problema aparece cuando se pretende que la propia discrepancia sea inadmisible.

La reciente crisis de Ceuta ha revelado además algo más profundo.

Ha demostrado que la ciudad no puede reducirse simplemente a la expresión «ciudad española», ni tampoco a la fórmula «ciudad marroquí ocupada».

Es una sociedad humana compleja, construida durante siglos a partir del encuentro entre culturas, identidades y lenguas.

Y eso convierte a Ceuta en algo más que un punto fronterizo.

En ella conviven españoles musulmanes y cristianos, personas de distintos orígenes, familias vinculadas a ambas orillas y una sociedad atravesada por múltiples capas de memoria.

Algo parecido ocurre, con sus propias particularidades, en Melilla.

¿Cómo pueden dos ciudades con una realidad humana tan compleja convertirse, cada vez que estalla una crisis, en un frente político?

¿Cómo puede una ciudad que podría funcionar como puente entre dos culturas convertirse en un punto de tensión entre ellas?

Quizá porque la política mira los mapas mientras el ser humano mira su vida.

El mapa dice: aquí termina una frontera.

Pero el ser humano dice: aquí está mi casa.

El Estado dice: aquí está la soberanía.

Pero una madre dice: aquí está mi hijo.

Las autoridades dicen: aquí está la seguridad.

Pero el migrante dice: aquí está mi esperanza.

Por eso, la tragedia de Ceuta y Melilla no reside únicamente en la existencia de una frontera. Reside también en que esa frontera pueda convertirse en un muro psicológico entre dos pueblos que ninguno de los dos puede dejar de tener como vecinos.

Yo vivo en España.

Y eso no es un detalle menor en este artículo.

Porque cada día puedo comprobar que la relación entre ambos pueblos es mucho más grande que el lenguaje de los gobiernos.

El marroquí que trabaja en Madrid, Sevilla o Huelva no es un expediente diplomático.

El español que viaja a Tánger, Rabat o Marrakech no representa al Ministerio de Asuntos Exteriores.

Hay amigos a ambos lados.

Hay familias mixtas.

Hay niños que hablan árabe y español.

Hay trabajadores, empresarios, escritores y artistas.

Y hay miles de historias humanas que no tienen nada que ver con los mapas sobre los que discuten los políticos.

Esta es, quizá, una de las mayores riquezas que Rabat y Madrid todavía no han sabido aprovechar plenamplenamenñ

Por eso quizá deberíamos cambiar la pregunta.

En lugar de preguntarnos únicamente:

¿Ceuta y Melilla son marroquíes o españolas?

deberíamos preguntarnos:

¿Cómo pueden Marruecos y España mantener posiciones diferentes sobre la soberanía sin convertirse en enemigos?

La pregunta es más difícil.

Pero también es más humana.

Marruecos puede mantener su reivindicación.

España puede mantener su posición.

Pero entre ambas existe un amplio espacio para la vida compartida.

Comercio.

Migración.

Seguridad.

Cultura.

Medio ambiente.

Turismo.

Economía.

Y, sobre todo, confianza.

Porque el futuro puede encontrar a veces soluciones que el pasado no fue capaz de encontencontr

No me preocupa que Marruecos reivindique Ceuta y Melilla.

Tampoco me preocupa que España defienda su posición.

Lo que me preocupa es que el miedo termine convirtiéndose en el único lenguaje entre ambos países.

Porque el miedo puede hacer que un español vea en cada marroquí una amenaza potencial.

Y puede hacer que un marroquí vea en cada español una prolongación del colonialismo.

Ambos se equivocan.

España de hoy no es la España del siglo XV.

Marruecos de hoy tampoco es el Marruecos del siglo XV.

Y la persona que vive actualmente en Tánger, Ceuta o Melilla no es la misma persona que vivía allí hace cinco siglos.

El mundo ha cambiado.

Pero la memoria no siempre ha cambiado a la misma velocidad.

Y ahí aparece la responsabilidad del escritor.

Conservar la memoria sin convertirla en odio.

Defender una posición sin fabricar un enemigo.

Criticar las contradicciones de la política sin destruir los puentes entre los pueblos.

Tal vez Ceuta y Melilla no se resolverán mañana.

Quizá la cuestión de la soberanía no encuentre una solución definitiva durante nuestra generación.

Pero hay algo que sí podemos resolver ahora:

no permitir que ambas ciudades se conviertan en una razón para una guerra psicológica entre dos pueblos.

Marruecos y España están unidos por la geografía.

Y quien está unido por la geografía no puede elegir a su vecino.

Pero sí puede elegir cómo vivir con él.

Quizá esa sea la lección que todavía no hemos aprendido después de cinco siglos de historia.

Porque el problema no consiste siempre en decidir a quién pertenece una tierra.

A veces, el verdadero problema comienza cuando la tierra se convierte en una prisión para quienes viven sobre ella.

Y si la historia convirtió a Ceuta y Melilla en un nudo entre Marruecos y España, el futuro puede convertirlas en algo diferente:

en la prueba de que la misma geografía que generó el conflicto también puede, si existe suficiente valentía, convertirse en el lugar donde comienza la reconciliación.

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