Chadi Mansour
Líbano atraviesa una de las etapas más delicadas de su historia reciente. Con recursos limitados, una economía debilitada y unas instituciones sometidas a una prolongada crisis, el país carece desde hace décadas de muchos de los elementos que permitirían fortalecer su capacidad de defensa y garantizar su estabilidad.
En este contexto, cualquier conflicto representa una pesada carga para la población y agrava las dificultades económicas y sociales.
Sin embargo, el debate interno ha puesto de manifiesto una aparente contradicción: mientras algunas voces advierten de que el país no puede afrontar una confrontación con Israel, otras alimentan discursos que podrían incrementar la polarización política y social.
La experiencia histórica demuestra que los conflictos internos suelen dejar secuelas mucho más profundas y duraderas que las guerras entre Estados, afectando a las instituciones, la economía y la cohesión nacional durante generaciones.
Más de tres décadas después del fin de la guerra civil, Líbano continúa enfrentándose a las consecuencias de aquel periodo.
Las divisiones políticas y confesionales siguen condicionando el funcionamiento del Estado y dificultan la construcción de instituciones sólidas capaces de responder a los desafíos actuales.
En este escenario, cualquier intento de involucrar al Ejército libanés en disputas internas supondría un riesgo de enorme magnitud.
Como una de las pocas instituciones que aún conserva un carácter nacional, su unidad resulta esencial para preservar la estabilidad del país. Cualquier fractura en su seno podría desencadenar consecuencias imprevisibles.
A ello se suma la preocupación por una eventual injerencia externa en los asuntos internos libaneses. La historia del país muestra que las potencias extranjeras han intervenido con frecuencia en función de sus propios intereses, sin ofrecer soluciones duraderas a las crisis nacionales.
Mientras tanto, Líbano afronta otro desafío silencioso: la emigración de una parte significativa de su juventud en busca de mejores oportunidades.
La pérdida de capital humano reduce aún más la capacidad del país para recuperarse de futuras crisis y reconstruir sus instituciones.
En este contexto, el diálogo político se presenta como la única vía para evitar una nueva espiral de confrontación.
Preservar la paz civil y fortalecer las instituciones sigue siendo un requisito indispensable para impedir que el país vuelva a atravesar uno de los capítulos más dolorosos de su historia reciente.

